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Me ha pasado más de una vez. Llega un cliente con muchas ganas de trabajar su marca, pero desde el primer momento ya tiene muy clara la estética: los colores, el tipo de letra, el estilo visual… incluso referencias súper concretas. Sin embargo, cuando empezamos a hablar de su marca en sí —quién es, qué la hace diferente, qué aporta, a quién se dirige— ahí es donde empiezan las dudas.

No es raro. Estamos rodeados de imágenes, tendencias y estímulos visuales. Es fácil imaginar cómo queremos que “se vea” nuestra marca. Lo difícil viene cuando toca definirla de verdad: qué valores defiende, qué personalidad tiene, cómo se comunica, qué lugar ocupa frente a la competencia. Porque sin eso, lo visual se queda en una capa bonita… pero vacía.

 

Profundizando en la esencia de la marca.

Aquí es donde empieza nuestro trabajo. Juntas, nos metemos de lleno en la fase de estrategia, investigación y análisis. A partir del brief, vamos sacando toda la información importante (aunque muchas veces esté medio escondida): misión, visión, valores, tono, personalidad, público objetivo… Es lo que yo llamo “la chicha”. Todo eso que parece complicado de definir al principio, pero que va saliendo con las preguntas adecuadas.

Conociendo el terreno.

Después pasamos al análisis de la competencia. Observamos qué hacen marcas similares: cómo se comunican, qué identidad visual tienen, qué hacen bien, qué no tan bien. Esto nos ayuda a ver con claridad dónde está el cliente, en qué puede diferenciarse y cómo podemos posicionar su marca de forma única.

Plan de acción.

Con todo esto, creo un plan de acción claro, basado en una estrategia real. Y aquí llega uno de los momentos clave del proceso: presento dos moodboards distintos, con estilos visuales coherentes con todo lo que hemos definido. Y casi siempre pasa lo mismo: el cliente se da cuenta de que aquella imagen inicial que tenía en mente no encaja del todo con la marca que realmente quiere construir. Que ese “mi color favorito es el azul” era un gusto personal, pero no necesariamente lo que su marca necesita para conectar.

Claridad y seguridad.

Y eso no es un problema. Al contrario: es uno de los puntos más bonitos del proceso. Porque en ese momento, el cliente empieza a ver su marca con claridad. A entenderla. A sentirla. Y, sobre todo, a tomar decisiones con seguridad: sobre qué quiere comunicar, cómo quiere hacerlo y con qué estilo visual se alinea de verdad.

Conclusión.

El diseño sin estrategia puede parecer atractivo, pero no siempre funciona.
Diseñar una identidad visual sin estrategia es un riesgo: puedes terminar con una marca estética pero vacía, bonita pero irrelevante. En cambio, cuando el diseño parte de una reflexión estratégica, se convierte en una herramienta potente para comunicar con claridad, diferenciarte y conectar con las personas adecuadas.

¿Te pasa lo mismo y no sabes cómo aterrizar tu marca?

En CrazyLion Estudio te acompaño para transformar esa idea suelta que tienes en la cabeza en una identidad visual con sentido, coherencia y personalidad.
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