Instagram lo ha vuelto a hacer: de la noche a la mañana decide cambiar su interfaz, mover elementos y sorprendernos con algo que nadie pidió. ¿El resultado? Quejas, confusión y usuarios echando de menos lo que ya conocían.
Y aquí viene el paralelismo con el branding.
Muchas veces, una marca cae en la tentación de hacer cambios porque “me he cansado del logotipo”, “ya no me gustan los colores” o porque “ahora se lleva el minimalismo». El problema es que un cambio por el simple hecho de cambiar, sin una estrategia detrás, puede tener el mismo efecto que la última actualización de Instagram: RECHAZO.
El valor de lo familiar.
Cuando una marca ya ha creado una personalidad y unos valores, su público desarrolla apego. Esa familiaridad no es un detalle estético: es lo que hace que la gente te reconozca y se identifique contigo. Si de repente borras todo lo que te hacía reconocible, el usuario puede sentir que ha perdido “su” marca.
Tanto es así que hay casos de rebrandings que han provocado que clientes dejen de consumir un producto o servicio, simplemente porque ya no se sentían reflejados en la nueva identidad.
Evolución o revolución.
Es cierto que el branding, al contrario que Instagram, no permite hacer test “a escondidas”. Pero eso no significa que tengas que lanzarte a un rebranding radical.
Lo inteligente es construir una evolución gradual, y no hablo de diseño. Hablo de la marca, mejorar su tono, su comunicación, destacar sus valores, incluso cambiar sus servicios.
Esto permite que tu público te vea como una marca que crece y se tranforma. Por lo tanto cuando haces el rebranding hace que se perciba como algo natural y necesario, y no como un capricho.De esa forma, cuando llegue el momento de un rediseño más visual, tus clientes lo verán como un paso lógico. Incluso estarán más abiertos a celebrarlo contigo.
